miércoles, octubre 14, 2009

Juicio Guerrieri-Amelong: Día 13

Otros cuatro testigos se presentaron este martes en el marco del primer juicio contra los represores en Rosario. En el turno de la mañana testimoniaron Mercedes Domínguez, sobreviviente de La Calamita, y el periodista de Clarín Mauro Aguilar, quien ofreció al tribunal una entrevista que le realizara a Eduardo Costanzo. Por la tarde fue el turno de Carlos y Alejandro Novillo, también sobrevivientes de La Calamita, lugar donde estuvieron recluidos junto a su otro hermano Jorge, uno de los desaparecidos de la Quinta de Funes. Domínguez revivió la increíble experiencia que sufrió su familia en la casa de sus padres, lugar que fue tomado por los militares y en el que llegó a haber más de diez parientes secuestrados.

La abogada Mercedes Domínguez –quien además es Secretaria Comunal de un Juzgado Civil y Jefa del Registro Civil de Granadero Baigorria– fue la primera en testimoniar en la mañana de este martes en el juicio por privación ilegítima de la libertad, tormentos, desaparición forzada y homicidios cometidos en el marco del terrorismo de estado por los represores Pascual Guerrieri, Walter Pagano, Jorge Fariña, Eduardo Costanzo y Daniel Amelong.

En la decimosegunda audiencia del Juicio Oral y Público de la denominada causa Guerrieri-Amelong, Mercedes Domínguez inició su declaración aclarando que “en principio yo no sé del lugar donde estuve, porque me llevaron con los ojos vendados”, aunque con el tiempo supuso que “pudo haber sido la Calamita, porque fue uno de los primeros centros que se descubre y por un análisis que yo hago con lo que en aquel momento pude ver, por ejemplo del baño”.

El 6 de junio de 1977 Mercedes fue secuestrada por un grupo de tareas en un departamento donde vivían unos tíos, donde estaba a raíz de que “ya sabía de que habían detenido a Graciela Zitta –amiga suya–, y como cuando una persona desaparecía, nos movíamos por distintos lugares había ido a lo de estos tíos”.

Domínguez contó que para detenerla los militares fueron primero a la casa de sus padres, que en ese momento no estaban. “Cuando mis padres vuelven a casa –relató la testigo– había dentro unas diez personas, la habitación que yo compartía con mi hermana estaba toda revuelta con fotos, revistas, cosas tiradas, entonces a ellos los cubren con una frazada, a mi mamá la atan con unas esposas a la cama y comienzan a mostrarles fotos, preguntándoles por mí y lógicamente con amenazas y amenazas de ejecución con ametralladoras. A raíz de eso mis padres dicen donde yo estaba, y al rato llegan al lugar donde yo me encontraba”. Estos detalles Mercedes los conoció después de liberada.

Alrededor de la 23 de ese mismo día tocaron el timbre en la casa de los tíos de Domínguez y Mercedes fue a abrir la puerta. “Abrí yo y la única cara que vi, era de una persona de contextura bastante grande, alta, de cutis blanco, cabellos y bigotes oscuros y con una campera tipo gamulán marrón claro. Esta persona me bajó enseguida la cabeza, me pusieron una venda y me llevaron hacia el comedor del departamento, donde me comenzaron a interrogar sobre mi nombre, me preguntaban si tenía alias, a mi me decían Mechi”.

De allí se la llevaron en un auto, y aunque no pudo precisar al tribunal el tiempo que pasó, si se pudo acordar que pararon en un lugar, estuvieron un rato y después volvieron por un terreno que “no era como una calle pavimentada, porque el coche saltaba más y sentí como el ruido de un tren o algo así, porque ellos pararon un poco y traspusieron como unas vías, entonces saltaba el auto más y al poquito de ese lugar me bajaron”.

Domínguez recordó que apenas bajada del auto, la llevaron a un lugar donde la interrogaron. “Me preguntaban por nombres y como yo no quería contestar comenzaron a golpearme en la cabeza con algo y después me dijeron que me empezara a sacar la ropa. Como no lo quise hacer, me volvieron a golpear y me saqué el saco; y después hacían como si armaban el arma, como si cargaban el arma. Además sentía un ruido raro como si algo se estuviera quemando y luego volvieron a golpearme”.

Mercedes había militado en la Juventud Peronista Universitaria de la facultad de Derecho y durante su interrogatorio le preguntaban justamente por gente que había estado en esa facultad. “Me preguntaron por Graciela Zitta, si la conocía, si ponía las manos en el fuego por ella de que era Montonera y todas cosas así, yo les decía que nos conocíamos por apodos, o sea que por los nombres que me preguntaban yo no sabía. También nombré a personas que yo había conocido y que ya no estaban porque estaban muertas, como por ejemplo Raúl Milito. Después ellos me fueron llevando, porque era como que iban buscando a alguien determinado y me preguntaban por mi cuñado y cómo le decían. Ellos ya tenían datos, porque me preguntaban sobre la base de ciertos datos. Mi cuñado era Roberto Maurino, que estaba de novio con mi hermana”.

Domínguez contó que luego la sacaron de ese lugar y la llevan a otro "donde había una camilla negra de hospital, un tubo de oxígeno y una silla, el piso era como de contrapiso, de cemento, y pude ver de costado que las paredes tenían los ladrillos sin revocar. Ahí me dejaron en la camilla, esposada a una silla que había al lado. Al rato escuchó que hablaban entre ellos como en código, por eso yo no entendía bien, pero como que decían que iban a ir al Trébol y también hablaban con radio o handy y después me entero que habían ido al Trébol”.

Referencias que se repiten.

La ex detenida señaló que en el lugar pudo ver a una mujer, que la llevó un par de veces al baño, que “parecía una mujer joven por la voz, por lo poquito que yo había hablado con ella, la idea que me hice era que no era una mujer muy grandota, ni grande en cuanto a edad y como de una estatura mediana”.

También recordó Mercedes que por la mañana “más o menos a las ocho”, siempre se escuchaban tiros. “No sé si hacían prácticas o qué era lo que pasaba, eran más bien ruidos secos y más o menos yo lo relacionaba con el horario, porque en ese horario se sentía el ruido de un tren cerca, como así también se sentía el canto de los pájaros”, afirmó la testigo.

Domínguez describió el baño, uno de los lugares que se ha convertido en una referencia clave en el marco de la causa, ya que para todos los detenidos era el único lugar en el que podían sacarse las vendas. “El baño era antiguo –rememoró Mercedes ante el tribunal–, con una bañera blanca con patas, la pileta era blanca común, más bien chica, el inodoro era blanco, me acuerdo que por encima de la bañera estaba una ventana en vertical y era rectangular, yo la abrí y recuerdo que veía como campo, digamos césped y más lejos árboles, como si los árboles circundaban el lugar, pero yo los pajaritos los escuchaba cerca por lo que alrededor de la casa habría árboles. El piso del baño creo que era como de baldosas o azulejos de casa antiguas como con algún dibujo, de las paredes no me acuerdo. El tamaño del baño no era muy grande. Yo entraba y de espaldas tenía la puerta a mi izquierda la bañera, la ventana arriba de la bañera, de frente estaba la pileta hacia un costadito y el inodoro estaba al lado de la puerta a la derecha, no tenía bidet el baño. La puerta del baño era como de madera, media antigua, y no sé si tenía como vidrio pintado, no me acuerdo, era como una puerta antigua. La ventana era y con borde de madera y con vidrio pero no me acuerdo muy bien, pero no se podía ver si estaba cerrada”.

La testigo declaró que después de unos días le avisaron que le iban a “dar una sorpresa” y alguien la llevó a un lugar donde les dijeron “ahora hablen”. “Ahí estaban mi hermana y mi amiga Graciela Zitta –contó Dominguez–, y nos dejaron solas a las tres y nos pusimos a hablar tomadas de la mano y llorando”.

Según el relato de Mercedes, después volvieron a separarla de su hermana y su amiga, y luego de nuevo a juntarlas: “En la madrugada del 13 o 14 de julio, ya de noche, vinieron a buscarme de nuevo; recuerdo que en un banco largo que estaban mi hermana y Graciela, y después vino alguien a hablamos que nos dijo que nos iban a dejar en libertad, pero que teníamos que "continuar nuestras vidas sin decir ni hablar nada". Luego nos llevan, nos suben en un auto –realmente a esa altura no sabíamos que iba a pasar porque también sentíamos que ellos preparaban las armas–. Salimos, pasó un rato y nos hacen bajar del auto, nos hacen arrodillar y agarrarnos las tres. Ahí sentimos las armas y lo único que nos dicen es que contáramos hasta cien y que no nos levantáramos hasta no terminar de contar. Después de un largo rato que nos quedamos ahí abrazadas, nos sacamos las vendas y vimos que estábamos en un lugar que era en un puente, camino a Ibarlucea. El lugar era como de tierra o césped, como una lomita. Camínanos hasta una calle que estaba abajo del puente que pasó creo que era el colectivo 71, estábamos con las carteras que nos las habían devuelto y lo tomamos".

La familia secuestrada.

“Ellos, mis secuestradores, volvieron a ir a mi casa familiar una vez que me llevaron a mí y a medida que iban llegando familiares los iban dejando adentro” relató Mercedes, quien explicó que con su cuñado habían quedado, después de saber del secuestro de Graciela, que “nos Íbamos a comunicar diariamente a la misma hora, por eso cuando yo no hablo con él, mi cuñado se da cuenta que había pasado algo”.

Domínguez contó cómo se enteró, después de su liberación, que los secuestradores fueron al El Trébol a buscar a su hermana y su cuñado, y que se enfrentaron con la policía, –la policía local pensó que estaban tramando un asalto a la casa de sus familiares, como vieron personas raras con autos sin patentes, hasta que aclararon que estaba buscando a alguien–.

Pero en El Trébol ya no había nadie. “Mis tíos habían llamado al Trébol y –obligados por los militares– dicho a mi hermana que venga que mi mamá estaba descompuesta. Y allí mi cuñado duda”, señaló Mercedes Domínguez.

A la hermana de Mercedes la agarran en casa de su madre y la llevaron al centro clandestino de detención. Por su parte, el cuñado de Domínguez, Roberto Maurino, se presentó solo en el Batallón 121, "porque también habían ido a la casa de la madre de él en Rosario". Maurino pensaba que su familia estaba siendo víctima de diferentes atropellos y suponía que en parte era por que lo buscaba a él.

Mercedes contó al tribunal que la historia se transformó en una terrible experiencia, muy traumática para toda la familia: “Hubo muchos de mis familiares que estuvieron con estas personas y las vieron, pero lo que ocurre es que hay algunas que ya no están. Mi tía que falleció registró muy bien todo, porque era una persona muy curiosa, y ella a posteriori averiguó -ya que nos había resultado muy llamativo la facilidad con que entraron al edificio y directamente a la cochera- que en ese edificio de Laprida y 9 de julio vivía la pareja de uno de los que había intervenido y que vivió un tiempo ahí y que por eso tenía tanto conocimiento del edificio. En mi casa robaron cosas de valor afectivo (álbum de estampilla de mucho tiempo de mi papá, discos de Gardel), por lo que este tema no se tocó en un principio porque era muy doloroso. Le pregunté a mi tío pero tiene 84 años y no recuerda bien quien era la persona que vivía en el edificio, mi cuñado me dijo que era la pareja de un tal Constanzo, pero yo no puedo afirmarlo”.

Mercedes recordó que sus familiares “trataron de averiguar por todas partes sobre nuestros paraderos, recurrieron a gente como por ejemplo el Doctor Martínez Raimonda, que les cerró directamente la puerta. También habían ido a ver un cura que en ese momento estaba en la parroquia de Nuestra Señora de la Guardia –porque ya habían ido al Comando y le habían dicho que ahí no estábamos–, y ese cura sí les dijo que estábamos con un grupo paramilitar.

De los más de diez familiares que estuvieron secuestrados por los mmilitares en la casa de su madre, a dónde los represores esperaban “cazar” a su hermana y su cuñado, Domínguez explicó que “las únicas personas que están vivas, son mi tío de 82 años, mi madre que está enferma y una tía que vive ahora en España. Porque si bien apenas llegaron los taparon, luego todos estuvieron a cara descubierta”.

Posterior a la declaración de Domínguez vino el testimonio del periodista de Clarín Mauro Aguilar, quien ofreció al tribunal una entrevista que le realizara a Eduardo Costanzo. Por la tarde fue el turno de Carlos y Alejandro Novillo, también sobrevivientes de La Calamita, lugar donde estuvieron cautivos junto a su otro hermano Jorge, uno de los desaparecidos de la Quinta de Funes (ver nota aparte).


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